Roberto Manrique

Roberto Manrique

Dejó  su propio negocio de publicidad en busca de su verdadera vocación: ser actor. Después de tres años y medio en Colombia es parte de las telenovelas de RTI y Telemundo y se alista para su primer protagónico internacional:  Los Victorinos.
Se había graduado de comunicador social, diseñador gráfico y publicista, tenía su propia agencia de publicidad montada y una lista de clientes que empezaba a incrementarse, pero Roberto Manrique no estaba contento con lo que hacía. Así que decidió cerrarla, tomar sus maletas e irse a Perú a aventurar. Literalmente. Quería dejar el estrés de su trabajo, divertirse y convertirse en bartender. 
“Eso quería ser en ese momento. Después de la tensión de ser yo mismo el gerente, el creativo, el redactor, quería relajarme” . Terminó como mesero. No llegó a preparar ni un coctelito, pero al menos –cuenta entre carcajadas– se aprendió los precios de los que ofrecía el bar La Bóveda en Lima. 
En su afán de experimentar llegó a un taller de actuación y se enamoró de la profesión. 
TC Televisión había sido cliente de su agencia en Guayaquil y estaba coproduciendo en Perú la novela Bésame, tonto. “Me puse en contacto con ellos para hacer un casting, pero fue la experiencia más horrorosa que te puedes imaginar”. No obtuvo ningún papel, pero le regalaron el taller de actuación y fue ahí cuando empezó la magia. “Dije esto es lo mío, me regreso a Ecuador y voy a estudiar esto”.
Está feliz actuando. Y se le nota en cada una de sus expresiones. Sentado en una cafetería de un centro comercial de la ciudad, Roberto Manrique se pone a contar sus experiencias, sus momentos de cambios internos, su incursión en el mercado internacional y sus planes. Está relajado y con más proyectos en camino
Después de tres años y medio de trabajo en Colombia, el actor goza de una estabilidad y de un reconocimiento internacional tras su participación en la telenovela Victoria.
A Guayaquil vino hace dos semanas para ser parte de un catálogo de moda de De Prati por el Día del Padre; regresó el pasado miércoles para renovar su visa de trabajo. Estuvo dos días porque debía volver a Colombia y tomar un vuelo a Los Ángeles para la promoción de Doña Bárbara.
El ritmo agitado de la actuación no estuvo siempre en los sueños de Roberto, el chico graduado del Liceo Panamericano que estudiaba comunicación en la Mónica Herrera.
“Siempre supe que me gustaba todo lo relacionado con el arte, la creatividad,  la creatividad corporal,  la comunicación escénica, pero pensé que lo mío era la comunicación social y eso fue lo que estudié”. 
Cuando se halló en ese taller en Perú no solo supo que quería dedicarse a eso sino que debía encontrarse consigo mismo.
Actuar para vivir
Regresó a Ecuador y vivió un proceso emocionalmente muy fuerte. “Pasaron cosas en mí que hicieron que me diera cuenta de que tenía muchísimo por resolver a nivel interior, a nivel emocional, psicológico. Cosas relacionadas con mi infancia, con mi autoestima, incluso con mi incapacidad de conectarme con mis propias emociones”, cuenta él.
Roberto podía pasar todo el tiempo alegre, pero de repente estaba dos semanas de mal genio sin explicación. “No era consciente de eso (…). Me decían qué te pasa y contestaba no sé. Me bloqueaba, no podía decir ni siquiera estoy mal”.
Empezó a ir a la psicóloga y se entregó a lo que él llama su sanación interior. Tomó talleres de crecimiento personal, diferentes tipos de meditación, retomó su vida espiritual y comenzó a estudiar actuación con Alejandro Pinto en Arte América.
Se llevó una sorpresa: él estaba alquilando su casa de la infancia en Los Ceibos, así que sus talleres de actuación fueron sin quererlo parte de su terapia que tenía que ver precisamente con la infancia. “Durante el día, la psicóloga, recordar mi infancia; en la noche, talleres de actuación en mi casa de la infancia, en mi sala, en mi cuarto”.
 
Seguro de lo que quería, tomó su primer papel en una novela: La Hechicera. Desde entonces no paró: tuvo una participación en Yo vendo unos ojos negros, Jocelito y la serie Mis primas, estos dos últimos con tintes de comedia. 
Vino Corazón dominado, una de las experiencias más gratas que ha tenido. “Participamos actores de once nacionalidades diferentes, todos nos acoplamos superbién y aún estamos en contacto”, dice.
Y llegó Colombia
Roberto quería seguir creciendo y tuvo inquietud por Colombia. Viajó, le encantó la ciudad, su gente, y decidió quedarse. Consiguió un mánager y su primer trabajo allá fue la serie Padres e hijos y luego una obra de teatro (A la sombra del volcán) con la actriz Alejandra Borrero, a quien había conocido en un taller de actuación.
 
Fue la etapa de mayor crecimiento en su vida. Roberto vivió siempre en casa de su mamá, sin necesidades, aun si se gastaba el sueldo. En Colombia tuvo que experimentar la soledad, la escasez, la austeridad, le tocó aprender a controlar el impulso y a administrar sus recursos.
 
“Un día me levanté y dije ¿qué, cómo!”. Cuenta que la mitad de los ahorros que llevó a Colombia se los gastó en quince días; la otra mitad le duró seis meses.
Se había acabado su trabajo en Padres e hijos y él vivía al día con el dinero que ganaba haciendo comerciales, fotografías y ‘cachuelitos’.
Los ingresos no le daban para ahorrar, por eso en los momentos críticos tuvo el apoyo de amigos. Pese a ello nunca se le cruzó la idea de regresar.
Hasta que llega Victoria, por el camino tradicional, como dice él. Convocaron a los mánagers y la suya, Alejandra Borrero, lo ofreció para la producción. Hizo el casting para el personaje de Pachu, el joven que viola a la hija menor de Victoria. Le fue bien, pero lo llamaron para decirle que lo querían para uno más importante. Esa misma tarde fue a hacer la prueba para el papel de Sebastián.
Estaba para él. Esa tarde tenía un comercial que filmar y llamó para decir que iba a llegar tarde, pero lo perdió. Y no era tan sencillo como perderlo, eso significaba dos meses sin mantenerse.
“Pero gracias a que no tuve comercial pude ir en la tarde a probar en el papel de Sebastián y me quedé”. La novela fue una oportunidad de crecimiento junto con Arturo Peniche y Victoria Ruffo, con quienes hizo amistad.
¿Cómo ves las diferencias con las producciones ecuatorianas? “Los colombianos están haciendo las cosas muy bien, saben lo serio de planificar todo, desde el vestuario, la imagen, los libretos, todo es igual de importante; se cuidan los detalles, hay especialistas para cada área. No hay nada improvisado. Se paga muy bien, se exige y por ende la gente está motivada y ve una posibilidad de crecimiento, entonces se quiere preparar”.
Roberto cree que como en Ecuador la industria es pequeña hay poca motivación y poca competencia. Por eso piensa que falta confianza en que se puede crecer. “Al estar convencidos de que podemos crecer le invertimos tiempo, dinero, esfuerzo, ponemos lo mejor de nosotros y el producto es distinto”.
Sin embargo, ve grandes avances en los últimos años.
Y entonces… ¿qué?
El acento fue una de las dificultades que tuvo Roberto en un principio. En RTI trabajan con un coach de acento que está al lado de los actores en las escenas escuchando y diciendo cómo debe ser la pronunciación. “Es muy fuerte, porque estás tratando de buscar naturalidad y satisfacer las necesidades auditivas del coach. Fue muy duro. Victoria me costó, lo sufrí”.
Luego lo asumió y pudo hacerlo sin problemas en Doña Bárbara, en la que interpreta a un vaquero malgeniado, huraño, pero que esconde una gran sensibilidad.
Para Doña Bárbara hizo casting,  pero ya tenía un buen porcentaje de su papel ganado porque estaban contentos con su trabajo en Victoria. Aunque pensaba que sería un papel similar al de esta novela, le dieron un personaje más pequeño. “Dije bueno, listo, le metí toda la energía, toda la ficha (eso se dice en Colombia, se me salió) y me lo gocé muchísimo. Monté a caballo, arrié ganado, hubo peleas en bares”.
El protagónico de Los Victorinos vino por mérito a su trabajo y se alista para las grabaciones. Luego de una estadía en casa de Alejandra Borrero, Roberto vive solo en el barrio La Soledad. Dice que se ha hecho muy deportista, que disfruta de caminar o de ir al cine solo. No tiene pareja, está dedicado a su trabajo y a él.
A sus 30 años, su lista de proyectos apenas comienza. Aunque le encanta Colombia, no piensa quedarse del todo allá. Su plan de vida es recorrer el mundo con su trabajo. Le gustaría ir a México, EE.UU. o España. Su meta es el cine. Pero antes le entusiasma una propuesta teatral en Ecuador.
Es una obra dirigida por Jaime Tamariz, quien fue su maestro de actuación. Es La gata en el tejado de zinc caliente, del dramaturgo estadounidense Tenesse Willliams. “Surge a partir de un paralelismo que el director de esta nueva versión encontró entre la sociedad sureña de mediados de siglo pasado con la sociedad guayaquileña actual. Habla de las apariencias, de los estereotipos”.

La propuesta le entusiasma, tanto como la idea de hacer un documental recorriendo Ecuador y de volver a su tierra a hacer lo que más le gusta: actuar.

Fuente: El Universo