SANTO DOMINGO, República Dominicana.- La multitud aumenta conforme pasan los minutos, son las ocho y media de la noche. Viniste al estadio Olímpico para ver a Luis Miguel en su concierto “Cómplices”. Compraste boletas privilegiadas porque sigues amando su voz excepcional y hace tanto tiempo que no lo ves, que la última ocasión en que lo tuviste cerca Baninter era “sólido” e Hipólito era presidente.

Que los asientos del Estadio Olímpico están mojados, no te importa. Los secas con una servilleta y ya está. La estética es lo de menos cuando una vas a ver a Luismi.

A tu lado empieza a abrazarse una parejita. “Y eso que el concierto no ha empezado”, te dices, envidiosa, mientras las masas se divierten en el terreno y tú tratas de leer los minimensajes de una compañía telefónica en las pantallas gigantes, pero no hay forma, o estás casi ciega o el artefacto se encuentra muy lejos.

Empiezas a conversar con tu acompañante y cuando te das cuenta ya son las nueve y veinte y Luis Miguel no ha salido. Como tú, el público de las gradas comienza a impacientarse, a vociferar “que salga, que salga” o “¿Licey campeón?” y tú les haces el coro hasta que por fin sucede.

El cantante hace una entrada triunfal a las 9:33 ante unas 35 mil almas en el Estadio Olímpico. Todos y todas gritan. Si tu amiga no se calma, podrías perder el oído izquierdo y un ojo del mismo lado con sus estridencias y sus aplausos frenéticos. Tú, en cambio, permaneces muda, como siempre que algo te emociona demasiado.

“El hombre está enterito”, comenta una señora mayor detrás de ti cuando él empieza a cantar “Suave” y a moverse de “esa forma” y no de otra. Y tú haciéndote la correcta. Con un retraso de tres minutos comienzas a gritar también: “suave, como me mata tu mirada, suave es el perfume de tu piel”. Desafinas, pero ¿a quién le importa?

La noche es fresca, de una luna llena que no podría opacar al Sol de México. No hay quien pueda con tu calor inexplicable, empiezas a hacer abanicos con las manos cuando Luis Miguel te promete “llevarte hasta el cielo en la nave de mis brazos, rendida a mi cuerpo, fundiéndonos labio a labio, tú y yo y un mismo amor”.

No hay quien te convenza de que él no te canta “Tú y yo” exactamente a ti. Es justo en ese momento que empiezas a envidiar al público que está en el terreno, a esa multitud que antes era una sola y que ahora figuras como pares, cabecitas que se juntan para darse un beso.

Las pantallas gigantes, sobre todo la del centro, te muestran un Luis Miguel nítido en todo detalle, los dientes blancos, esa sonrisa, su torso empapado en sudor, el pelo mojado. Y tú te asombras del prodigio tecnológico que te devuelve multiplicada y bien definida aquella figura pequeña que la lejanía ha hecho de miniatura.

“Muy buenas noches ¿Cómo están? Que maravilla, que felicidad poder estar con ustedes nuevamente. Gracias por compartir tantos años, tantas canciones, tantas vivencias. Esta noche voy a cantar un poco de todo”, dice el Astro de la canción.Sin lugar a dudas, el hombre se ha bronceado. La piel roja lo delata. Los cambios, sin embargo, no afectan sus cualidades vocales, intactas, como lo recuerdas desde la última vez en el Estadio Quisqueya.

Ahora, la escenografía simula una explosión de estrellas errantes, un material cósmico que juega a la dispersión. “No me platiques ya, déjame imaginar que no existe el pasado”. A la gente le gusta mucho, y grita a voz en cuello el verso: “Te quiero tanto que me encelo hasta de lo que pudo seeeer….y me figuro que por eso es que yo vivo tan intranquilo”. “Por favor, no dejes que canten ellos, Luismi”.

Un solo de saxo extraordinario te sumerge en sabe Dios qué recuerdos. Te distraes. El concierto va perfecto, el sonido maravilloso y las luces también. Todos los espacios vendidos y el cielo despejado, ni señas de una nube. Plenilunio.

Son la 10:30 de la noche. Luismi te ha dicho tantas cosas esta noche que pudieras irte a dormir ahora mismo y estarías satisfecha. “O tú o ninguna”, “No sé tú”, “El día que me quieras”, “Inolvidable”, “Te necesito”, “Pensando en ti” y “Amarte es un placer”.

Sus canciones no son ofensivas hacia la mujer. El artista es todo un caballero. Ahora lanza rosas blancas a las fanáticas de las primeras filas. “Yo con una flor de esas la guardo en un cristal por la eternidad”, te dices. Pero estás, por decirlo en mexicano, requetelejos. Aún así, amas un chorro a ese güero, desde los tiempos en que escribías sus canciones a mano en una mascota de la primaria. Y nunca creías cuando te decían que era “un rayo misterioso hará nido en tu pelo…” y no “arácnido en tu pelo”.

Solo porque él entona “Si tú te atreves yo renuncio al paraíso” quisieras correr y abrazar a ese Luis Miguel sudoroso envuelto en una camisa blanca e indiscreta. Pero será imposible atravesar todo el terreno para darle un beso, aunque “si nos dejan, haremos con las nubes terciopelo”.

Vuelves a recordarte de tu amiga que no ha dejado de chillar cuando se levanta como un resorte cuando él artista sale con “La Bikina” y los mariachis de “México en el corazón”.

A las 11:11, Luis Miguel se despide de su gente, que permanece inmóvil en su asiento o en el terreno. Le piden otra y él se hace de rogar un poco y luego regresa con “Es mejor dejarlo como está, es mejor guardar una amistad”. Y se despide de nuevo a las 11:22.

“No te vayas Luismi, te faltan temas de mis favoritos”. “América”, “Por debajo de la mesa”, “Tengo todo excepto a ti”, “Dormir contigo”, “Reloj”, “Bésame mucho”, “Amanecí entre tus brazos”, “Cómo imaginar”.

“¡Bárbara!, ¿querías más? nada más tenía dos horas. No podía cantarlas todas”, te responde tu amiga, afónica, con una voz que no le conoces.

“Vaya el hombre es una maravilla en escena, pero ahora se va con su cancioncita a otra parte”, murmuras. “¿Será que no me amas?”