Silvina Lamazares

El 26 de diciembre, en la intimidad de su casa, en un mano a mano regado por un tinto exquisito que él, sabiamente, había dejado añejar, sugirió: «Poné que el año que viene, de alguna manera, voy a estar… No conduciré todo el tiempo, pero me las voy a ingeniar para estar ahí». Sin quererlo, sin saberlo, sin estar, Jorge Guinzburg estuvo. Estuvo en el recuerdo, en la imagen repetida, en el tono que tuvo ayer el programa. Era la primera de las Mañanas informales sin Guinzburg, pero su ausencia, tan omnipresente, le permitió cumplir con aquella promesa post navideña, virtud de aquellos que saben dejar legados. Que saben dejar una huella, que ni el peor de los destinos puede borrar.

Y, entonces, Guinzburg parecía volver de a ratos, en ese registro que su gente supo imprimirle a un día difícil: el humor entreverado en el dolor, el dolor sin disfrazar, la risa bañada en lágrimas, el silencio como necesidad, el trabajo como celebración.

Ese era Guinzburg, el que, imagina uno ahora caprichosamente, hubiera hecho de este regreso algo similar. Hubo espacio para el sentimiento desgarrador, para lo inocultable, para la voz quebrada. Pero no hubo resquicio alguno para el golpe bajo, el efecto, el impacto rendidor para la competencia feroz.

Más de un espectador debe haber encendido el televisor «para ver el programa de Guinzburg sin Guinzburg», para conmoverse con la apertura coral de una despedida pública y, tal vez, sin darse cuenta, se fue reencontrando con su figura, se fue descubriendo en plena carcajada con su mágica réplica, se fue metiendo en un universo de ilusiones en el que aquel viejo recurso de la TV de los mejores momentos de… fue necesario y balsámico.

Uno sabía que eso que veía de ratos ya lo había visto y ya sabía de qué se había reído. Y sin embargo, verlo en una pirueta de acrobacia, o afeitándose el bigote en cámara, o descotillándose de risa porque sí, o afilando su lengua inoxidable con los entrevistados, o intentado mover la cadera como Shakira obligaba a poner en duda la certeza del adiós.

En este mes y poco —desde aquel 12 de marzo—, una cadena de homenajes casi en cadena ha repetido sus logros hasta por enésima vez, pero lo de ayer fue diferente. Lo de ayer fue volver a verlo en su espacio. Fue encontrarlo en la cita que él había fijado de palabra. Es que Guinzburg era un tipo de palabra.

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